El Gimnasio Moderno no es una institución convencional. Más que un colegio es una idea de sociedad que no se ha realizado del todo, mucho más libre y creativa. Un diálogo entre las generaciones sobre el papel del conocimiento en la transformación del mundo y, en especial, de Colombia. Es, también, una confianza en el espíritu crítico, incluso para revisar el colegio mismo, en el que niños y adolescentes puedan ser responsables y felices, así no haya recompensas o castigos. Finalmente, es una apuesta por el papel de los maestros en la construcción de la democracia.

En 2014 el Moderno cumplió cien años. Sus aportes a la historia del país y de la educación ya han sido consignados en libros sobre educación y en las escuelas de pedagogía de toda Hispanoamérica. Quizás porque el colegio no tiene dueños, todos los que han pasado por el Gimnasio estudiantes y educadores, trabajadores y padres de familia, se han sentido parte de este diálogo. En realidad, las personas y no los edificios han salvaguardado la vigencia de una idea. La vitalidad del Gimnasio Moderno está en su interacción. He ahí la razón de ser de las dos palabras de su nombre. Escribe
Mauricio Nieto, exalumno e historiador en el libro Vuelo al Bicentenario:

…tal vez sea oportuno reflexionar sobre el apellido del Gimnasio… Una institución moderna, por definición, debe cambiar todo el tiempo. Moderno es algo o alguien que hace parte del tiempo presente, no porque esté a la moda o cambie pasivamente ante las circunstancias, sino porque hace parte activa de las transformaciones contemporáneas.

Un colegio que no le teme al cambio, que no se resigna a ser un museo sino que se siente un organismo vivo, supone un compromiso de constante diálogo. El reto es impedir que estos propósitos se paralicen por fuerza de la costumbre, que pierdan de vista las sociedades y los niños para los que fueron pensados, y que no han dejado de cambiar en tantos aspectos porque están más allá de cualquier época. Son, como lo decía Rimbaud, contemporáneos del futuro.